70 kilómetros
Alrededor de dos horas
Estado de la vía: bueno, para vehículos de 4 ruedas
Nos ha pasado en jornadas anteriores. Salimos tarde y el sol de las doce pega duro.
La carretera de piedra y arena sin afirmar permite a los autos velocidades de 100 o 120 kilómetros. Las motos deben ir a la mitad. Un descuido y derrapamos. Alvaro marcha al frente, Abelardo y Martha lo siguen y yo estoy en la cola. Veinte o treinta metros atrás.
De pronto la moto de Abelardo da un brinco, ocupantes y maletas se sacuden y una estela de polvo flota a su lado. Con destreza el piloto consigue dominar la máquina y evita terminar en el piso. Un enorme hueco en medio del camino fue el responsable. Descienden de la moto, temblando. Abelardo necesita un cigarro. Martha no desea volver a subirse. Me ofrezco para llevarla hasta el Cabo.
Continuamos el recorrido con mayor precaución: 30 – 40 km/h. Escasean los sitios para comprar agua y el calor es sofocante. Tras hora y media llegamos a una desviación; el aviso de 'Cabo de la Vela 17 km.' está cercano a la ranchería donde habremos de encontrar el líquido que tanto ansiamos. La tienda de Libia Epiya... algo! La señora nos cuenta que entre los Wayuu el apellido de las personas depende de la casta a que pertenecen. Wayuunaiki es la lengua que hablan cerca de 300,000 nativos de la alta Guajira colombo-venezolana.
Doña Libia es amable como la mayoría de quienes tratamos en este viaje. Nos indica los cuidados a tener en lo que resta de vía y posa con Alvaro para una foto.
Y sí que debe tenserse cuidado. Si la recta que lleva a Puerto Bolívar, que es por donde veníamos, tiene su complicación, esta nueva ruta en medio del desierto resulta más difícil de transitar para motociclistas novatos como nosotros.
Un paréntesis: paralela a la carretera marcha la vía del ferrocarril. El mismo que viene desde Cerrejón cargado de mineral y va hasta Puerto Bolívar para embarcar. De tanto en tanto lo vemos, con sus 100 o más vagones, rápido, cortando el aire. Avisos de precaución están de tanto en tanto para evitar el paso de las gentes e invitando a que los dueños de cabras no pastoreen cerca de los rieles. También están los de “Cerrejón responsable con la Guajira y minería responsable y todo eso” y esperamos que sea cierto.
Vuelta a la realidad: aunque son 17, los kilómetros restantes nos parecen muy largos. Ya no hay un camino demarcado o “trilladito” como dicen acá, sino una serie de senderos que van dejando el paso de vehículos sobre la arena y convierten el terreno en un auténtico laberinto, donde perderse se nos antoja fácil.
Además, rodar sobre arena acumulada es brega grande y requiere tomar con fuerza el timón mientras se busca el paso más adecuado. De vez en cuando una camioneta o una moto pasan junto a nosotros y tenemos otra vez guía de la dirección a seguir. Cerca de una hora para acercarnos al caserío del Cabo. Antes de llegar, Abelardo decide enrutar por la playa y ahí mismo queda atascado. Debemos ayudarlo a empujar la moto para sacarla del arenal. Enseguida Martha y yo nos vamos de lado al perder el control de la moto en un paso difícil. Sin consecuencias afortunadamente.
Tres horas después de iniciar el recorrido en Uribia llegamos al Cabo. Primer restaurante a la vista y abajo todo el mundo: cerveza fría para todos y almuerzo. Pargo rojo frito, patacones, ensalada.
Bienvenido el líquido y las viandas. Son las 2:30 de la tarde y queremos dejar las motos por el resto del día. Aunque nos ofrecen sitio para hospedarnos esa noche, allí mismo, decidimos seguir un poco la costa hasta dar con un espacio agradable, limpio y sin música a todo taco. Dormiremos a pierna suelta.
Pdta.: agradezco el seguimiento de amigas y amigos que han reportado su interés en este medio y han servido de impulso para continuar con la aventura. Por supuesto a mi familia, pieza fundamental en la tarea viajera que desde hace un tiempo decidí emprender.
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